Más allá de su gestión –que no calificaré ni descalificaré-, Chávez deja un legado para la comunicación política, el manejo de las relaciones de poder y el deber ser de un estadista contemporáneo en América Latina.Hugo Chávez Frías. Militar, político, y presidente de la República Bolivariana de Venezuela desde 1999; pero también una marca.
Como marca exitosa generó una relación emocional intensa con el mercado. Amada y odiada. Reverenciada, a ratos. Seguida, mencionada, imitada, promovida, auspiciada, detestada, publicada, criticada, reconocida, iconizada.
Una marca expresada en afiches, gorras, camisetas. Tan mediática –o más- como el Che para los revolucionarios, Marianne para los franceses u Obama para los estadounidenses.
Una marca global. Una marca vanguardista. Que empoderó a sus consumidores para que fueran parte del discurso.
Además, Chávez que era contenido. No sólo generó contenido en sus procesos electorales, en sus funciones presidenciales o en sus relaciones regionales. Hugo Chávez era el contenido. Redefinió las relaciones entre el Estado y los medios. Fungió de periodista, editor de medios, productor de temas, propietario de medios, creativo publicitario y jefe de propaganda. Modificó las narrativas periodísticas y, si, a ratos pasó la raya hacia el espectáculo.
Pero todas esas acciones -la utilización de la prensa como arma ideológica, la trasgresión literaria y de la ética periodística, la creación de nuevas realidades sociales- sólo ratificaron el posicionamiento de la marca.
¿Cuál posicionamiento? La de un no-político en el mercado político, un salvador de conceptos como soberanía, dignidad, o patria; un creador de nuevos conceptos para socialismo, pueblo, o democracia.
En el proceso Hugo Chávez creó un propio lenguaje. Y sobre apariciones periódicas, recurrentes y en cadena, construyó neologismos. Cada aparición pública tenía características mistagógicas –sean en vivo o usando el tuiter-; y cada mensaje reforzaba una nueva doctrina.
Conocí a Hugo Chávez siendo (yo) Secretario de Comunicación. Coincidimos en reuniones presidenciales en Asunción y Lima. Un comunicador nato. Persuasivo. Usaba metáforas simples como argumentos. Su sola presencia generaba –al menos- un rumor intenso.
Y como toda buena marca, Hugo Chávez es y será inspiración de leyendas urbanas.
Pero todas esas acciones -la utilización de la prensa como arma ideológica, la trasgresión literaria y de la ética periodística, la creación de nuevas realidades sociales- sólo ratificaron el posicionamiento de la marca.
¿Cuál posicionamiento? La de un no-político en el mercado político, un salvador de conceptos como soberanía, dignidad, o patria; un creador de nuevos conceptos para socialismo, pueblo, o democracia.
En el proceso Hugo Chávez creó un propio lenguaje. Y sobre apariciones periódicas, recurrentes y en cadena, construyó neologismos. Cada aparición pública tenía características mistagógicas –sean en vivo o usando el tuiter-; y cada mensaje reforzaba una nueva doctrina.
Conocí a Hugo Chávez siendo (yo) Secretario de Comunicación. Coincidimos en reuniones presidenciales en Asunción y Lima. Un comunicador nato. Persuasivo. Usaba metáforas simples como argumentos. Su sola presencia generaba –al menos- un rumor intenso.
Y como toda buena marca, Hugo Chávez es y será inspiración de leyendas urbanas.