
La ficción modela sutilmente nuestras creencias, nuestro comportamiento, nuestra ética. La ficción modula la historia y la cultura. Las estructuras narrativas son una adición para los seres humanos.
Las historias, el storytelling, están presentes en cada civilización y cultura. Vivimos en paisajes creados; es más, algunos en la tierra de Nunca-Jamás. Las hazañas deportivas, las ideologías políticas, las religiones, las marcas comerciales y los juicios criminales se desarrollan como narrativas. O desaparecen.
Elie Wiesel es un húngaro, de nacionalidad rumana, sobreviviente de los campos de Auschwitz y Buchenwald. Su vida la ha dedicado a escribir sobre el holocausto. Por ejemplo describió como un día los miembros de la SS juntaron a los prisioneros enfrente de la horca. Horcarían a un chico. Mientras el muchacho moría lentamente un prisionero gritó: “¿Dónde está Dios ahora?” Y dijo Wiesel: “Y oí una voz dentro de mí contestarle: ‘¿Dónde está? Aquí está... colgado de esta horca . . .’”
Por cierto, cayó en mis manos The Storytelling Animal de Jonathan Gottschall. Lo leí con avidez, como si lo fuera a perder. Lo recomiendo. Empieza con una cita de Wiesel de su obra The Gates of the Forest: “Dios hizo al hombre porque le encantan las historias”.
¿Nos encantan las historias? Aun dormidos la mente está contando historias. Cuando soñamos despiertos, estamos sumergidos en el mundo de las historias. En promedio, un sueño diurno dura 14 segundos… y tenemos algo más de dos mil de esos. Cada día.
La tesis de Gottschal es que usamos las historias como simuladores de vuelo, para practicar en condiciones controladas los posibles problemas sociales de la realidad.
Ficción vienes del latín fictus. Que significa fingido o inventado. Por cierto, ficción y narrativa no son sinónimos. Volvamos a ficción. Si son falsedades (las ficciones), ¿por qué creemos en ellas? ¿por qué aceptamos como cierta la obsesiva persecución del capitán Ahab? ¿por qué aceptamos como sabios los juicios de valor de El Principito? ¿o aceptamos como real la relación de Adán, Eva, la serpiente y una manzana?
Y las inquietudes son más intensas cuando, leyendo a Yuval Noah Harari, descubro que el cristianismo, el capitalismo, el comunismo, el feminismo, el animismo primitivo, podrían ser órdenes imaginadas por el homo sapiens. En su libro Sapiens sostiene que “el orden que sostiene a la sociedad es una realidad objetiva creada…”
De hecho, el texto sostiene que el desarrollo del ser humano, por sobre los de demás seres, se dio junto con la capacidad de crear ficción. “Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes”, escribe Harari. Mitos comunes que sólo existen en la imaginación colectiva de la gente.
Como las marcas exitosas. Se construyen sobre mitos. La gaseosa que da felicidad, la tarjeta de crédito que compra el mundo, el político que resuelve la vida. Son mitos. Como la existencia de zombies, la guerra contra el terrorismo, la picada de mosquito matadora, convertirse en pez si te bañas en viernes santo, el chupacabra, los derechos humanos, el diablo, la confianza en el vendedor de la esquina, los derechos de la naturaleza, el próximo triunfo de Barcelona, el dinero, la paz mundial. Son mitos que la gente crea y cree.
Personalmente creo en algunos de ellos. Pero, ¿por qué? Porque los mitos no son mentiras… son realidades imaginadas. Una realidad imaginada es algo en lo que muchas personas creen.
Lo importante es entender que las instituciones modernas -el Estado, la ley, la democracia, la libertad y las marcas comerciales- funcionan sobre la misma base conceptual.
Esto es lo que nos diferencia de los otros seres. La capacidad de generar ficciones o realidades imaginadas es connatural al homo sapiens. Y está arraigado en nuestra biología porque durante miles de años nos fuimos convirtiendo en dueños de la Creación gracias a la capacidad de generar mitos comunes que aglutinaban a extraños con un fin común.
Las historias, las buenas historias, pueden cambiar el mundo.
¿Cuál es su historia?
